Valentina y Hermes se llevaban dos días de diferencia de edad. Habían nacido en situaciones muy distintas. Pero vivieron toda una vida juntos.
Los padres de Valentina decidieron criar (estaba por decir “adoptar” pero no creo que sea la palabra indicada) a Hermes como parte de su familia. Aunque había diferencias en la crianza, nadie hacía caso de ello, esas diferencias pasaban inadvertidas. Incluso a veces creían que a Hermes se le daba más permisos de los que le correspondían. A pesar de eso, dormían en la misma habitación.
Había un gran cariño entre los dos, se amaban mucho y todo el mundo podía notarlo. Era una relación típica. A los padres de Valentina (y por qué no decir de Hermes también) les encantaba ver como jugaban y se divertían juntos.
Ese lazo crecía. Sobre todo del lado de Valentina. Sentía que lo amaba demasiado, de una forma extraña.
Ya habían cumplido 12 años y ella ponía en duda la calidad de su amor. No era el mismo afecto tierno e inocente de la infancia. Ella se estaba desarrollando y eso cambiaba las cosas.
Una noche, mientras los padres dormían, Valentina llamó a Hermes, él fue a su cama sin dudar. Fue contento porque le encantaba jugar. Ella le hizo una mueca para decirle que se siente en la cama. Comenzó acariciándolo por el rostro, le pasó la mano por el cuello y bajó por el torso. Su mano siguió bajando despacio hasta que llegó al pene, que empezó a tocar. Hermes se sintió confundido pero aquello le gustó y su pene se erectó al instante. Ella se quitó el piyama y siguió tocandolo. Cuando estuvo totalmente desnuda le indicó con sus manos que bajara hasta su vagina. Hermes, como adivinando, empezó a lamer mientras ella se retorcía de placer en el absoluto silencio. Todo esto era extraño e increible. Luego lo tomó de los brazos y lo levantó hasta quedar cara a cara. Hermes entendió aquello y así como estaban, casi por intuición, sin protección, ni más lubricación de la que ella produjo naturalmente en ese momento, empezó a penetrarla. Hermes se movía muy rápidamente sobre Valentina, ella sólo gozaba. Se sentía entera, se sentía realizada, se sentía mujer. Después de diez minutos él eyaculó dentro de ella y se fue a su cama. Ella, fue al baño se limpió y se acostó a dormir.
Esa noche fue una noche más para los padres de Valentina. Pero fue una de las noches más importantes para ella. Su vida había cambiado. Hermes, en cambio, demostraba indiferencia ante todo eso. Quizá sólo la aparentaba. Pero esta escena empezó a repetirse con períodos de tiempo que se fueron acortando hasta que fue cosa de todas las noches.
Los familiares más cercanos de Valentina admiraban a esa chica inocente, que estudiaba y no miraba hombres, como hacían sus compañeritas de escuela. En realidad nadie sabía lo que ella pensaba, lo que a ella le pasaba, lo que ella escondía y vivía en secreto.
El amor entre Valentina y Hermes creció junto con ellos. Cuando ya tenían 16 años, Hermes no pudo resistir más el paso del tiempo y una tarde de primavera falleció.
Es muy triste que la historia termine así, a los 16 años. Cuando el amor empieza a vivirse de otra forma. Pero, después de todo, ese es el tiempo promedio que vive un perro. Y Hermes no sería la excepción.
Asselborn, Mauro Hernán